
En un globo texturizado en glaciares, bosques, cimas, desiertos, sabanas y océanos se dibuja, como un embudo señalando hacia el sur, la tierra con piel de polvo: seca, cálida, inquieta, escurridiza, incontable, enigmática. Es la India, poseedora de la cualidad de transformar a todo aquel que se atreve a encontrarla, a sentirla, a sumergirse en su color, a respirar la atmósfera dorada que flota y la envuelve, a leer en los ojos de sus niños y a entender la convivencia con los extraños animales que rondan por sus calles…
En la frente de aquel viajero que consigue escuchar los sonidos del alma se dibuja una marca pigmentosa y circular que, con el tiempo y la distancia, tiende a hibernar en las profundidades del cuerpo, sin hundirse nunca del todo, esperando momentos propicios para ascender hacia la superficie con fuerza y abrir el sabio ojo de la cabeza que permite observar con nitidez lo que realmente importa y atravesar los reflejos que suelen camuflarse de elementos imprescindibles y reales. El carácter de la India, ya impreso en su nombre, pugna por introducirse en el interior de los seres a través de grietas que rasga en el duro caparazón que acostumbramos a vestir. Es una sensación que se funde con el cuerpo intensamente y no vuelve a desprenderse, como una fría vasija de metal derretida al fuego que cobra, una vez enfriada, una nueva forma más sincera.
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