Litos se enfadó con mamá porque no se enteró bien de lo que costaba.
Después fuimos a un hotel a tomar algo.
Esta ciudad está llena de grandes edificios psicodélicos. Mi preferido es uno que parece un poco más antiguo (lo se porque, en vez de ser todo de cristal, tiene un poco de pared). Después cruzamos en taxi hasta el otro lado del gran lago de la islita, al Souq Waqif, la zona antigua. No parece la misma Doha. Las casitas son irregulares, blancas y pequeñas, separadas por pequeñas callejuelas irregulares. Hay un mercado, en el que apenas hay turistas, por ahora somos los únicos.
El corazón se me encogía más y más al ver los fantasmas negros que escondían mujeres en aquel contexo. Seres negros en una ciudad de casas y hombres de blanco. El calor me angustia más porque pienso en la temperatura que debe hacer dentro de esas cosas. Parecen muertas. No hablan, solo caminan. Me angustié tanto que empecé adesafiar a los hombres, que llevan una cuerda que sujeta una tela blanca a la cabeza, todo muy fresquito. Les miraba a los ojos con todo el odio que me habían inflado las mujeres. Para colmo, nos miraban a mamá y a mí de una forma descaradamente obscena, supongo que por no ir dentro de un saco negro. Se supone que, encima, tenía que bajar la mirada, pero a la mierda. Era demasiada falta de respeto. Mamá se puso un pañuelo en la cabeza, a pesar de que las dos íbamos bastante tapadas, con manga larga y pantalones largos a pesar del calor. Yo no me tapé, me daban ganas de llorar de rabia.


Su color preferido es un verde azulado que me recuerda a los trajes de los enfermeros en los hospitales
Dimos una vuelta por el mercado y tomamos un té y fumamos cachimba. Pasó un señor con un cordero despellejado y degollado envasado al vacío, como un saco de patatas al hombro. Ahí ya no pude más y me puse a llorar, y no paré hasta que, una hora más tarde, cogimos el avión para ir a la India.
He pasado 6 horas en Doha. No voy a volver.
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